Comemos en nuestra vida alrededor de 100,000 veces.

Tomamos y comemos por mes aprox. nuestro propio peso corporal.

Al morir hemos consumido alrededor de 60 a 70 toneladas de alimentos y bebidas.

Se estima que consumimos hoy en día alrededor de 2 Kg. de sustancias venenosas al año.

Hasta 3000 sustancias químicas son mezcladas en nuestra alimentación a nivel industrial.

Las sustancias tóxicas acumuladas necesitan alrededor de 10 a 20 años para generar cambios degenerativos crónicos en el ser humano.

Con los datos anteriores, resulta difícil creer que la comunidad médica no ponga el mayor de los énfasis en la nutrición desde el momento de la primera consulta. Muchas veces, cuando el paciente le pregunta al médico qué puede comer, él responde: “lo que sea”. El médico común no relaciona la alimentación con la patología y mucho menos valora la importancia de la calidad de los alimentos en la salud humana.

Nuestro organismo nos provee señales todo el tiempo, de qué es lo que lo nutre y de qué es lo que lo perjudica. Por desgracia, ya no escuchamos ni comprendemos las sensaciones o mensajes que nuestro cuerpo nos envía. En la actualidad, preferimos alimentos con sabores placenteros con envolturas llamativas y no comemos lo que nuestro cuerpo nos pide, sino, más bien, lo que nuestras mentes condicionadas nos exigen (ej. adicción azúcares) . Para revertir este error tendremos que adoptar una dieta carente de toxinas y nutrirnos con alimentos de calidad.

Cada vez más gente se acerca a los nutriólogos en búsqueda de consejos y recomendaciones alimenticias. Lamentablemente, también ellos son educados bajo este mismo sistema que el médico, ésto es, contemplar a todos los alimentos únicamente bajo la lupa de las kilo-calorías. Es difícil encontrar un nutriólogo que también ponga énfasis en la calidad de los alimentos – su origen, la fertilidad del suelo, tratamiento de plagas, método de recolección del producto, elaboración, almacenamiento, transporte y distribución – y orientar a su paciente a un régimen alimenticio que busque fortalecer toda su fisiología.

Hoy en día existen tantas teorías y regímenes alimenticios que van desde comer todo crudo hasta comer únicamente proteínas de origen animal. Cada teoría se sustenta en una abstracción intelectual basada en una ciencia fragmentada que pone el énfasis en algunos miro-nutrientes, enzimas y calorías. Lo lamentable de estas teorías es que no toman en consideración la constitución individual, la ubicación geográfica, la tradición milenaria regional ni la calidad del alimento vegetal – animal, por lo que sólo pueden ayudar de forma muy limitada.

Si queremos saber qué alimentación es la más saludable, tendremos que a voltear la mirada a las poblaciones que han sido muy sanas por generaciones.

Desafortunadamente, hoy en día, existen pocas localidades remotas que no hayan sido contaminadas con harinas refinadas, azúcares y alimentos procesados. Cuando se han estudiado esas poblaciones remotas encontramos en sus habitantes una mayor vitalidad física, dentaduras sanas, un sueño reparador y generalmente una vida libre enfermedades degenerativas; no sólo eso, los estudios demuestran una mejor memoria, mayora sensibilidad a diferentes tipos de tonalidades de colores, mayor concentración etc. En el momento en el que uno o varios miembros de éste tipo de población migran a las ciudades y cambian sus hábitos dietéticos, inicia un proceso de degeneración física visible a todas luces. Esta pérdida de vigor, es aún más evidente en la siguientes generaciones, en la que podemos advertir una mayor susceptibilidad a problemas digestivos, infecciones, esclerosis, infertilidad, obesidad, alteraciones hormonales, diabetes, afecciones del sistema nervioso y neoplasias que sus ancestros no conocieron.

Los consultorios médicos pediátricos actuales evidencian de una forma dramática el continuo deterioro de salud de los niños que están expuestos constantemente a la comida chatarra.